Hay libros que leímos hace mucho tiempo y parecen olvidados. De pronto el autor nos trae a la memoria frases que estaban archivadas; quizás producto de la alquimia sus palabras siguen vigentes en sus conceptos y aparecen en el momento indicado.
Hay textos que no envejecen porque la herida sigue abierta. Volver a Asturias hoy es volver a pensar América Latina, la tierra, el trabajo, la identidad y la pérdida de sentido que deja una modernidad y un sistema político que todo lo vuelve mercancía.
"Hombres de maíz" y "El Señor presidente" de Miguel Ángel Asturias son de esos textos que regresan cuando la realidad empieza a doler de nuevo. No porque el tiempo no haya pasado, sino porque las heridas no han cerrado.
Asturias escribió sobre el choque entre dos miradas del mundo: una que entiende la tierra como origen, como herencia sagrada, como identidad; y otra que la reduce a mercancía, a cifra, a explotación. Esa tensión sigue viva en América Latina y, de un modo particular, en la Argentina de hoy. Cambiaron los nombres, los discursos y los gobernantes, pero la lógica permanece.
Antes fue el maíz. Hoy es el agua, la montaña, los minerales, el suelo mismo. Lo que para algunos pueblos sigue siendo don, para otros es enriquecimiento. El problema se plantea cuando la tierra deja de ser vínculo y sólo se convierte en el negocio de grandes empresas y gobernates de turno, y se rompe la relación con los ancestros, con la memoria, con la soberanía, con la idea misma de comunidad.
Asturias entendió que la desposesión no es solo material, sino también cultural. La violencia no se ejerce únicamente con armas, sino con miedo, con silencio, con deshumanización. Hoy esa violencia adopta otras formas: decisiones tomadas lejos del territorio por países poderosos, economías que excluyen, modelos de progreso que prometen desarrollo mientras vacían de sentido la vida cotidiana. El neocolonialismo opera a través de la dependencia, la deuda, la precarización.
“Para un pueblo hambriento e inactivo, la única forma en la que Dios puede aparecer es en la comida y en el trabajo.”
No habla de religión. Habla de dignidad. Cuando el trabajo falta, cuando el alimento escasea, cuando el futuro se vuelve incierto, cualquier discurso espiritual se vuelve abstracto. La vida reclama respuestas concretas. En la Argentina actual, atravesada por crisis económicas cíclicas y el desgaste social persistente, esta frase es el eco de nuestra realidad.
“Me duele el país como si se me hubiera podrido la sangre.”
Ese dolor no es sólo metafórico. Es físico. Es sentir que el país ya no está afuera, sino adentro del cuerpo. La actualidad duele en la médula, en las raíces, en lo más íntimo. Duele cuando la injusticia se naturaliza, cuando la identidad se diluye, cuando se vende la Patria, cuando la tierra que debería sostener, termina expulsando.
Recordar a Asturias es ver que los ciclos se repiten y quizás preguntarnos: ¿Qué más vamos a vender en pos de la falsa beneficencia que nos ofrecen?
Y. Funes (Diciembre 2025)