Hoy volví a sentir como profesora; reviví, a través del teatro y de mi actuación, esa etapa de mi vida. Me vestí como antes, con mis botas de taco alto, mi cartera portafolio, algunos libros, un cuaderno. No fue un disfraz, fue una manera de volver a habitarme.
Dramaticé un día de mi vida cuando trabajaba. Salí hacia la ciudad como tantas veces lo hice: el colectivo lleno, los empujones, los frenazos, la humedad pegándose al cuerpo. La lluvia apareció como un imprevisto que ya no molesta. Después, el café frente al Krause, ese refugio mínimo donde todo parecía ordenarse por un instante.
Volvió también el cansancio del regreso y esta ciudad que me invade y que elegí habitar, con sus agresiones, su cultura, sus cafés y sus librerías. Pero no fue una actuación en el sentido estricto. No representé: recordé con el cuerpo. Cada gesto tenía memoria y cada movimiento encontraba su lugar. La ciudad volvió a ser escenario y personaje al mismo tiempo.
Lo que hice hoy fue invocar una etapa de mi vida. Esa rutina vertiginosa que entonces agotaba, hoy, a la distancia, se vuelve poética. Hay algo en el paso del tiempo que transforma lo que pesa en algo que también puede ser amado.
No interpreté un personaje. Coincidí conmigo misma en otro tiempo y me sentí plenamente viva. Y en ese encuentro apareció algo inesperado: la alegría. No una nostalgia vacía ni la melancolía por lo perdido, sino la certeza de que esa etapa no quedó atrás, sino que permanece en mí.
Desde esa distancia apareció el sentido. No sé si la actuación fue buena, y no me interesa. Sé que fue verdadera, y eso alcanza. En esa verdad, la ciudad volvió a ser esa presencia intensa que invade, exige y acompaña. Y en ese pulso que no se detiene, me reconozco parte.
Porque soy como esta ciudad: me niego y me doy, me agoto y abrazo al mismo tiempo. Y en esa contradicción, Buenos Aires, te reconozco como mía.
Mayo 2026